
A las cuatro y media de la mañana, la Quinta Avenida de Sunset Park está vacía salvo por una luz. Es la de doña Amparo Zapata, que lleva veintitrés años encendiendo el horno antes que nadie.
Dos maletas
Llegaron en marzo de 2003: Amparo, su esposo Óscar y dos niñas de nueve y seis años. Venían de Palmira, en el Valle del Cauca, donde ella había tenido una panadería pequeña durante once años.
—Traíamos dos maletas y una receta —dice—. La receta era lo único que valía algo.
Los primeros dos años no hubo panadería. Óscar trabajó en construcción y Amparo limpiando oficinas en Midtown, en el turno de noche, para poder llevar a las niñas al colegio en la mañana.
—Dormía tres horas. Uno cree que puede con todo a los treinta y cinco. Y puede. Pero se paga después.
El primer pandebono
Empezó, como empiezan casi todas estas historias, vendiendo desde la casa.
—Una vecina cumplía años y me pidió veinte pandebonos. Los hice en el horno del apartamento, que era del tamaño de una caja de zapatos. Al día siguiente me llamaron tres personas más.
Durante cuatro años vendió así: pedidos por teléfono, entregas los sábados, un cuaderno de contabilidad de esos de rayas. En 2009 alquiló un local de treinta metros cuadrados con un horno de segunda mano que le costó 4.200 dólares.
—Le puse Panadería La Palmira. Óscar quería un nombre en inglés, que sonara moderno. Le dije que si alguien entraba buscando algo moderno, se había equivocado de puerta.
Lo que casi la cierra
En 2012 el huracán Sandy inundó el sótano donde guardaba la harina. Perdió el inventario de tres meses.
—Ahí sí lloré. Fue el único momento en que dije: nos devolvemos.
Lo que no esperaba fue lo que pasó después. Un grupo de clientes —mexicanos, dominicanos, ecuatorianos, ninguno colombiano— organizó una colecta en la iglesia de la esquina. Reunieron 2.800 dólares en dos semanas.
—Yo pensaba que éramos la panadería colombiana del barrio. Ese día entendí que éramos la panadería del barrio, y ya.
Hoy
La Palmira tiene once empleados y abre siete días a la semana. Las dos niñas de las maletas son hoy una contadora de treinta y dos años y una arquitecta de veintinueve. Ninguna trabaja en la panadería.
—Y así tiene que ser —dice Amparo, sin un gramo de tristeza—. Yo no me vine para que ellas amasaran a las cuatro de la mañana. Me vine para que pudieran escoger.
Óscar murió en 2021. Su foto está detrás de la caja, junto a la licencia sanitaria y un banderín del Deportivo Cali.
Lo que le diría a alguien que acaba de llegar
Se lo preguntamos al final, cuando ya había salido la primera tanda del día.
—Que no le crea a nadie que le diga que esto se logra en dos años. Ni a nadie que le diga que no se logra. —Se limpia las manos en el delantal—. Y que aprenda inglés aunque le dé pena. Yo esperé seis años por pena, y esos seis años me costaron plata.
Hace una pausa.
—Y que se busque un barrio. No un apartamento: un barrio. Uno solo no aguanta esta ciudad.
La Palmira abre de lunes a domingo desde las 6:00. El pandebono sale del horno a las 6:30, a las 11:00 y a las 4:00 de la tarde.




